Bastaba que dejen de escucharla, para que sus labios perdieran el sabor.
Bastaba que dejen de mirarla, para que sus ojos cambien su auténtico brillo por la exagerada humedad de las lágrimas.
Bastaba que dejen de nombrarla para que perdiera sus orejas.
Deseaba ser golpeada para conservar siquiera su agredido sentido del tacto, deseaba el desprecio en el amor, para encontrar supersticiosamente alguna sensibilidad sexual.
Le bastaba ser para dejar de ser.
Porque nadie hay detrás de sus palabras, nadie hay que dependa de ella, porque nadie la exige presente, nadie la golpea ni la desprecia en su sexualidad cree que su libertad muere donde en realidad está naciendo.
Y va a morir y va a nacer y va a morir y va a nacer.
Porque a ella le basta ser para dejar de ser.
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