miércoles, 19 de octubre de 2016

Fueje royo

El individuo, el ser, se tira sobre el colchón enorme, y el dibujo de sus venas extendidas en la cama son el retrato de los ríos del mundo. De la tierra, pues solo lo mundano tendrá lugar en el mundo.

Su corazón no late. Su corazón hace un largo y lento movimiento de bandoneón que se abre y se cierra, se abre y se cierra. Pero cuando se cierra, se lleva puesto todo lo que estaba adentro, lo aplasta, y el ciclo vuelve a empezar. Apaciguadamente, se vuelve a abrir, y, con lenta violencia, vuelta a cerrarse. Esa lentitud da la ansiedad, las ganas de cerrar el fuelle rápidamente, y abrir y cerrar, y abrir y cerrar, y que nunca llegue a haber nada adentro. Pero por ahora es lento.

Cada milímetro cúbico de sangre recorre cada milímetro cuadrado del cuerpo. Esparce el agua de la resignación. Los ojos se abren y en los ojos se abren las venas. Los ojos se sonrojan y los pómulos empalidecen. La sangre comienza a fluir delicadamente, siguiendo el lecho de las patas de gallo, hacia las sábanas de humedal.

Los músculos de los brazos se contraen, anticipando un movimiento. Entonces las manos abrazan el cuello; quizá para que no escapen las últimas gotas de aire, quizá para despedirlas.
El bandoneón refuerza su derecho a moverse libremente. Toma velocidad. Que no se mezcle el tango en su melodía, que se pierda el poemario de la insoportabilidad.


Todo

Acá está todo, todo lo que nada. Porque nada me sube, nada me baja, nada me calma, nada me sacia, nada me llena, me llena la nada. Acá está todo lo que nada, todo lo que nada de adentro hacia la piel que se me seca. Acá está la vida que nada, que se ahoga. Acá está la individualidad anónima, la que deja rastro de palabras muertas, la que nada.
La que nada me sienta bien, la que nada siento, la que me sienta, que no me sube ni me baja, no me sube, y me la baja. Acá está el aroma a dolor fresco, acá está la nada que quiebra la escarcha del invierno, la nada que es el mismo invierno y ataja todo rocío que quiere bañar la tierra infértil.
Acá se escribe el individuo, en el viejo andar, el viejo traqueteo, el viejo paseo cotidiano de la víbora entre la niebla del ánimo, el vago vaho que deja el paso del individuo colectivo en su flaqueza.
Ahí cuando la noche no alcanza para cicatrizar las heridas de la luz artificial.