El individuo, el ser, se tira sobre el colchón enorme, y el
dibujo de sus venas extendidas en la cama son el retrato de los ríos del mundo.
De la tierra, pues solo lo mundano tendrá lugar en el mundo.
Su corazón no late. Su corazón hace un largo y lento
movimiento de bandoneón que se abre y se cierra, se abre y se cierra. Pero
cuando se cierra, se lleva puesto todo lo que estaba adentro, lo aplasta, y el
ciclo vuelve a empezar. Apaciguadamente, se vuelve a abrir, y, con lenta
violencia, vuelta a cerrarse. Esa lentitud da la ansiedad, las ganas de cerrar
el fuelle rápidamente, y abrir y cerrar, y abrir y cerrar, y que nunca llegue a
haber nada adentro. Pero por ahora es lento.
Cada milímetro cúbico de sangre recorre cada milímetro
cuadrado del cuerpo. Esparce el agua de la resignación. Los ojos se abren y en
los ojos se abren las venas. Los ojos se sonrojan y los pómulos empalidecen. La
sangre comienza a fluir delicadamente, siguiendo el lecho de las patas de
gallo, hacia las sábanas de humedal.
Los músculos de los brazos se contraen, anticipando un
movimiento. Entonces las manos abrazan el cuello; quizá para que no escapen las
últimas gotas de aire, quizá para despedirlas.
El bandoneón refuerza su derecho a moverse libremente. Toma
velocidad. Que no se mezcle el tango en su melodía, que se pierda el poemario
de la insoportabilidad.
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