La noche pasó ligerísima, pasó como un soplo, como una cosa aerostática. Pero la mañana, la mañana fue terrible. La salida del sol se sintió como un terremeto, sus rayos fueron como una fiebre de mil clavos punta paris de tres pulgadas violentando el cuerpo. Los pájaros y las primeras voces de fondo eran un tremendo amplificador acoplando dentro del tímpano. La visión estaba aturdida, pero no como el efecto de las cámaras en las películas; este era un aturdimiento casi escatológico. La sed, la sed era un estado estaqueado en las células;digamos que no era deshidratación porque no existía otra cosa, un no estado, media gota de agua. El estómago directamente se inmoló para superar la noche. Ahora no quedaba nada.
El sol, mientras era el dormir, hería de todas formas. Bajo su tremolar rebullía la sangre licuada por el alcohol. Hacía apretar todavía más las mandíbulas pasadas de cocaína.
Pasó todo como una mañana más. Los ojos se cerraban a la luz como una máscara de soldadura fotosensitiva. Apenas tanteado el camino al baño, vómito, vómito, vómito. El primero en el pasillo, el segundo en el inodoro, el tercero en la pileta; náuseas de solo verte la cara en el espejo.
El asco, el asco de un horrible cuerpo que te poseyó, que te royó por un par de bolsas de cocaína. Ese intercambio tiene un costo tremendamente mayor que el valor de ese pucho de droga, tiene un costo de años, tiene el costo de algo que nunca vas a olvidar, ni va a pasar a ser algo casual, tiene el costo del arrepentimiento. Tiene el costo de que si aprendés a no arrepentirte, para esto solo vas a aprender a no arrepentirte de arrepentirte. Superar. Supe. Su. Se. Se satisfizo el cuerpo una noche a cambio de miles de días bajo la enferma incandescencia de la indignidad, de la putrefacción del ser que entregó lo único que tenía en ese momento, que no el alma, el cuerpo apenas tenía.
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