martes, 6 de diciembre de 2016

Grito.

Cómo podrá ser que el grito no sea grito ni silencio, ni oblicuo ni nada; solo grito. Intenso, constante, filoso, agotador, callado, sibilante, nada, algo. Quizá es como acá, solo palabras una tras otra, quizá palabras ensimismadas, dichas al mismo tiempo por la misma voz, mezcladas, deslinealizadas.
Es.
 Es eso miles de palabras ensimismadas, las malas contrarrestando a las peores, las mutables contra las inmutables y al revés.
Es.
Son.
 Se desmembran del blanco como del blanco los colores. Pero es más el negro, el negro ausencia de color, el negro. Como ausencia de palabras cuando están todas juntas en su tarea tortuosa de la tortura ajena. Y la mierda que parece que se nos trepa hasta los tobillos. Y el caminar caminos cadenciosos irreparables, insoportables, caminos de mierda con mierda hasta los tobillos agotador como correr en el agua o en la arena. O simplemente agotador como caminar con mierda hasta los tobillos.
Voy subiendo las escaleras para arriba no es redundancia ni pleonasmo. Debo convencerme de a dónde voy,  convencerme de que voy, y noto la distancia así. Noto ya que avanzo sin tener que mirar un punto de referencia. Me cago en los puntos de referencia, los hundo en la mierda, los pierdo, los extraño, los vuelvo a perder, los dejo y tomo otros puntos de referencia para aclarar mi distancia respecto al primero.
Sigo caminando en la mierda. Hundo un nuevo punto de referencia y me pongo a correr en la mierda como en el agua o en la arena, agotadoramente.
Y grito, grito, grito para no escuchar el canto de los puntos de referencia. Solo convencerme de que avanzo.

Cómo podrá ser que el grito no sea grito.

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