Regalame
ratos. Regaláteme, Yo. No más esta intricada inquisición sobre mi ensalada que
es la vida. El pecado es no dejarte vibrar en lo más profundo y lo más alejado
del manicomio, estar agarrado a la nada con cemento de contacto.
No hay que
dejarse a secas, sino dejarse avanzar. Dejarme ser. Me dejar ser. Qué anhelaje.
Alcohol y melancolía en sangre. Una melancolía que no para y un no tan certero que da miedo. Y
melancolía en sangre como plomo. Entonces me voy como un segundo que vuela por
la chimenea de este barco a la deriva.
El
inconsciente se vuelve algo todavía más abstracto, si cabe. Asquea la sensación
de una melancolía inabolible. Después grité, pero no me escuchaste. Grité que
prefería perderme en el infinito bosque de lunares y pecas de tu cuerpo.
Después de la primera noche ya podía señalar cada uno de ellos con los ojos
vendados.
Yo sufro sin
motivo estricto, pero sufro estrictamente.
Estás al
margen, pero no puedo negar que estás, así, en el cuaderno. Entonces llegan los
ratos en que no nos creo, y así es que no me creo (en ningún lugar). Como no
nos creo, no nos creo y viceversa. Todo
es un grafito que va perdiendo de a roces su tono.
Y ahora
escribo porque el tiempo apuñaló mis intestinos y en las palabras encontré una
forma de sangrar esa herida, que casi merece la pena.
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