domingo, 30 de septiembre de 2018


  Hace cincuentitres personas se murieron doce minutos pero acá estamos, dale que te dale entre dimes y diretes. Portaos bien y tendrán una oportunidad en el paraíso portaos bien y tendrán una oportunidad en el paraíso portaos bien y tendrán una oportunidad en el paraíso.

  Y siempre me cruzo levantado. [chasquido linguopalatal] Siempre me levanto cruzado y en mi puta rueda cambié una vida, mientras ya me siento enfermo y me da silencio, me da muerte.

  Me da muerte y podría decir que sí, Leopoldo: la calle sabe el número exacto de mis remordimientos.

  Por eso como que me corre, por eso me dejo frente a la trampera de la cama. Por eso no nado para salir de la espesura del licor. Frankenstein es el doctor, no la criatura  creatura. Igor nunca existió en la novela. Qué pasó con el homúnculo en Goethe. Si se portan bien –Igor, el doctor, la creatura, el homúnculo- ¿van a tener una oportunidad en el paraíso? ¿Stravinsky la tendría? ¿y yo?

  La vida cuelga del cordón de la eutanasia. Por eso pienso, mirando mi sombra, mi sombra que fuma, por qué se ve tan rojo intenso la brasa del cigarro si es una sombra. Pienso que los reflejos se reflejan, los dibujos se sombrean, las sombras se proyectan, y las máscaras se caen.

  Y no tenemos tiempo. Da igual tener apuro o no, porque no cambia el tiempo. No tenemos tiempo. No en el sentido de que hay que apurarse; no tenemos y no lo vamos a tener porque en sí no lo podemos poseer. Pero si escuchamos “no tenemos tiempo” solo pensamos en que tenemos que apurarnos. Y el que se hace el sabio dice que no hay que apurarse. Pero nada de esto cambia el tiempo. Da igual, a los fines prácticos. Cada paso que damos es una pisada sobre el futuro que a cada segundo es pasado. No existe el presente. Solo el horizonte donde se junta la tierra y el cielo. Más cerca del alba o del ocaso, como sea. Pero por eso es lindo elegir un  bonito paisaje para la vida.


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