El cielo azul, en
toda su negritud, va soltando sus estrellas en arpegio. Una silueta de luna perfecta se fue erigiendo desde el mediodía. La astucia del viento
roba polvos brillantes de la tierra. Por ahí se ve, a lo lejos, alguna luz mala
que grita por su propio cielo. Apenas se tantea un camino escondido entre
pajonales secos que lloran a los cactus por un poco de agua. Ningún agua,
ninguna rana. Solo alguna que otra cigarra eterna con su canto eterno que calla
al acercarse. Se vence al viento la poca vegetación yerma. Pasan las nubes como
cardúmenes escapando de algún pez. El frío endurece cada paso y florecen pieses
de hielo seco. Humeantes bocas inspiran y expiran un espíritu para cada
bocanada. Sangrías largas entre pensamientos y palabras. Si tan solo hubiera
por lo menos aunque sea una flor, cualquier flor, para saciarse de néctar, de
pétalos, de tallos, de aroma, de algo. O para vaciarse al fin. Vaciarse al fin.
Vaciarse.
No hace mecha la
mañana, aún. Se alarga la impaciencia, se ensancha, se profundiza, se huele, se
vibra.
Pero prefiero morir
en el paisaje.
No hay comentarios:
Publicar un comentario