miércoles, 7 de junio de 2017

Tumba

En ese momento apagué las palabras. Dije la luz. Todo fue todo. Todo fui. Todo mi ser, mi no ser, mi pasado mi futuro. Cuando pude, abrí la puerta hacia el patio. Encendí la luz, apreté las palabras para quedar en silencio con mi jadeo. Subí una escalera, bajé otra, volví al mismo patio. Solté una pregunta que sonó despacito: ¿y ahora?

Ubiqué mis zapatos pegados a unas macetas que había en un rincón. Salté sobre la nube que tenía más cerca. Corrí la cortina de luz y fui bajando de nuevo hasta el patio.

Cuándo o cuando fui sobre la tierra. Cuando o cuándo fui sobre el silencio. De tanta hambre, sueño con el estómago de la resurrección y la materia sobre la meseta de mi cuerpo. Siempre miro las veces que surco la vegetación de la noche y los animales que escapan de todo: de la luz, de las estrellas, de la luna, del atardecer y, con las más de las fuerzas, del amanecer.

Tengo una tumba en el bolsillo y una moneda en el cementerio, o sobre el féretro de la tierna esperanza de volver a la siembra de la imagen que sufre el fuego de la necesidad.

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