Cuando estaba sobre el techo vi la tentación de
saltar, la tentación de saltar como si no hubiera hoy ni mañana. Ah, sí. La
tentación de sorber un poco de, sorber un poco de. Ah, sí. Trepé desde el piso
a la medianera, de la medianera tuve que dar un salto bastante largo, por
encima de la media sombra. Caí sobre un techito de chapa y de ahí estiré los
brazos y llegué al borde de la terraza. Todo bien despacito para que alguien me
frene, pero no. Parecía todo adelantado y ya en la cornisa todo era cámara
lenta. Caí en cámara lenta. Tenía la tentación o la sensación o la mente muerta
de tanto sorber el frío que me tomaba todo, me tomaba las manos, me tomaba las
piernas los ojos los labios. El frío me tomaba en serio y me acompañaba. La
brisa leve que daba sobre mi espalda iba aumentando, iba aumentando aumentando.
Me balancié. En mi cuerpo inclinado el pecho se iba adelantando, ya atraído por
la gravedad. Que caigo que no caigo que me tiro que me esfuerzo que no escucho
todavía ninguna voz que me diga pará. Salté. Solté. Solé. Que me digan lo que
mi alma gritó mientras volaba, que sus gritos eran grandes como con quince
cuadras de ancho y quince cuadras de largo. Y la profundidad era más que llegar
a cada pecho. Que me muero dijeron mis labios, que me vuelo dijo mi espacio.
Amalaya.
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